Musiké: carta de presentación

Por: José Luis Chicano

Al principio sólo había una realidad. Un cosmos. Éste se compartimentó y organizó en diferentes microcosmos, en diferentes subestructuras que ayudaron a comprender ese todo unitario. Coexistan distintas microestructuras con entidad propia, pero como partes integrantes de una macroestructura. Cada parte en sí misma era un ente independiente y con sus consiguientes subdivisiones. Pero no podemos obviar por ello el carácter holístico de todas ellas en su conjunto.

Existen dos formas genéricas de analizar la realidad. Una, partiendo de sus partes, de sus microestructuras, describiendo éstas, de forma deductiva, y una vez analizadas éstas, la suma de ellas conformaban un ente mayor. Y otra forma de ver la realidad y estudiarla, más inductiva, donde la importancia no recae en la descripción de dichas partes, sino en la interpretación de éstas como un todo, donde la realidad aparece como un todo. Imaginemos que la realidad es una naranja. Pues bien, tenemos dos formas de analizar y estudiar esa naranja. Una vía sería coger todos sus gajos y describir éstos. Analizaríamos los gajos, los estudiaríamos, los describiríamos y enunciaríamos todas las características de éstos, y tras un proceso de análisis y otro de síntesis, al juntarlos, llegaríamos a la conclusión de que lo que tenemos ante nosotros es una naranja. Pero una segunda vía nos llevaría por el camino de interpretar la realidad, la naranja, como un todo holístico. Evidentemente, ese todo, tiene sus partes y subestructuras, los gajos, que le dan coherencia y cohesión pero como una unidad. Todo esto no es nada nuevo. Simplemente se trata de la dualidad clásica de los dos paradigmas científicos clásicos.  Paradigma descriptivo versus paradigma interpretativo.

Entonces, ¿por qué a la hora de analizar las artes, en definitiva la cultura, compartimentamos éstas en subestructuras y las dotamos de una extrema independencia de la que realmente carecen? Obviamente, la cultura tiene muchas ramas y muchas disciplinas artísticas. Cada una con una especialización diferente y específica. Decir lo contrario sería una insensatez. Pero también tenemos que tener presente el hecho de que dicha separación no siempre estuvo ahí. Eso no quiere decir que cada disciplina no fuera independiente, pero sí es verdad, que en la cuna de nuestra cultura clásica occidental eran entendidas como un todo unitario y holístico. De hecho, sólo existía un vocablo para referirse a ellas. Y esa palabra, griega, era Musiké. Ésta ha evolucionado lingüísticamente a lo que hoy conocemos por música. Pero no significaba música como tal. La traducción de Musiké es “el arte de las musas”. Y dichas musas, no se limitaban a dar sus consejos exclusivamente a los músicos. Ese arte de las musas, esa Musiké englobaba por igual a la música, a la danza y a la declamación. Simplemente hay que situarse en la tragedia griega. Era un todo homogéneo, el cual no se podía entender sin alguna de sus estructuras internas. Ésta no tenía sentido sin bailarines que danzaran al ritmo de las kitharas y los aulos, ya fueran para representar a Apolo o a Dionisos. Y nada de esto tenía sentido si no hubiera también un
rapsoda, un actor, un declamador  que diera coherencia a la línea argumentativa de la propia tragedia.

Por todo ello y por mucho más nace este blog, cuya finalidad será la de transmitir todo lo relativo a dichas artes, entendidas como un todo pero dándoles su propio peso específico a cada una. Transmitir dichas artes desde un punto de vista de proximidad, haciendo asequibles a todos los públicos dichas disciplinas artísticas. Porque éstas, aunque sean entes independientes mantienen una relación de sinergia entre ellas. Es la tragedia griega. Un todo, un holos, formado por muchos todos. Música, danza, declamación, letras. Todo ello analizado desde un enfoque globalizador pero a la vez sintético.

Porque Musiké es el arte de las musas, y las musas están en todo.

Arriba el telón.

Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%BAsica

Michels, U. “Atlas de música I”. Alianza. Madrid. 1989.

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